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07/06/2010
En memoria de Dña Isabel Ortíz
Mi madre

Autor:
Javier Imbroda

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El pasado día 1 de Junio, falleció en la ciudad de Melilla, Dña Isabel Ortíz Arcas, madre de Javier Imbroda a la edad de 89 años, ésta es la misiva que en su memoria le escribe su hijo. 

 

Habla el corazón de un hijo. Expreso los sentimientos de mis hermanos y los míos aunque sienta mi incapacidad para expresar todo lo que mi madre ha supuesto y supone para nosotros.

Aún así, hablo de mi madre, palabras mayores. Jamás tendré días de mi vida para agradecerle lo suficiente, todo lo que ha hecho por nosotros, jamás. Siempre me faltarán días, y siempre me faltarán lágrimas.

No puedo ser egoísta, le daré gracias a Dios si me lo permite por haber disfrutado de nuestros padres tan mayores. Nunca es suficiente pero no somos eternos. Ellos nos enseñaron el valor de la familia, la de verdad.

Lo he escrito en alguna ocasión, y no me importa volverlo a hacer. Un mundo que lucha por ser menos machista, mi modelo de vida y referente es una mujer: mi madre.

Mi madre pasó por la vida haciendo el bien, dando paz, dando amor. Una vida que no le fue nada fácil, como a tantas mujeres de su época. Apenas pudo disfrutar de un padre. Su madre, una humilde modista que con sus virtuosas manos, y cosiendo de casa en casa pudo a duras penas sacar adelante a sus tres hijos, siendo mi madre la mayor. La maldita guerra se llevó por delante a sus dos hermanos por enfermedad. Hermanos que siempre han estado presentes en nuestras vidas. Su recuerdo permanente desde el amor a unos hermanos que perdió tan joven ha sido una enseñanza constante que se ha ido introduciendo en nosotros casi sin notarlo. El amor y la unión entre hermanos que ella pudo vivir tan poco tiempo, nos lo trasladó hasta hacerlo formar parte de nuestro ADN familiar.

“Qué feliz soy mamá”, le decía cuando era niño. Un recuerdo constante y maravilloso. Era lo que sentía y he sentido por estar cerca de ella. Tengo y tenemos la tranquilidad en casa de haberle expresado en vida nuestro amor y agradecimiento de una forma permanente. Mi madre ha sido lo más grande.

 Todo lo hizo de una forma serena, admirable, sin necesidad de llamar la atención. Sin darse cuenta nos estuvo dando lecciones de vida, y de ternura. Cada situación, cada conversación, cada abrazo, cada beso,  cada gesto. Unas lecciones que pretendemos transmitir a nuestros hijos, sin su sabiduría y con nuestra torpeza. Lecciones que tienen que ver con el esfuerzo, con la honestidad, con la humildad, compatible todo con el cariño, con la alegría, con la risa a pesar de los numerosos golpes que la vida le fue dando. Supo transformar el dolor en coraje para seguir adelante, luchó en la vida desde la bondad. 

Convertía cada reunión familiar en un refugio interminable y entrañable. Era sencillamente así, un alma limpia. Un alma que encontró en Jesucristo un apoyo infinito. Sus oraciones eran de reposo espiritual, no de oración mecánica que a nada conduce.

Una mujer sencillamente impresionante que adorábamos, y adoramos todos. Siempre discreta, siempre atenta, siempre delicada, sabiendo estar sin estridencias, sin ruido. Desde esa discreción su grandeza crecía.

Ahora nos hemos quedado solos. Seguro que en su reencuentro con nuestro padre y demás seres queridos nos arroparán hasta que nos volvamos a encontrar.   Su voz se ha apagado, pero su corazón nos hablará para siempre.

 

PD: Gracias al pueblo de Melilla y a sus gentes, muchas gracias por el calor y pesar dado que nos ha acompañado en estos duros momentos. Gracias a Irene Flores por su editorial cargado de una sensibilidad extraordinaria, a Emilio Boj por sentirse también hijo, a Francisco Roldán por su artículo lleno de cariño, y a todos los medios de comunicación por el trato respetuoso y afectivo hacia nuestra madre. Muchas gracias siempre.

 

 

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